El mundo un día era sexo putrefacto y maloliente,
al otro nubes de olores embriagadoras,
entretanto pensamientos penetrantes;
pero siempre regalando al mundo sus semillas
unas veces envueltas en plástico,
otras en papel absorbente,
otras en pequeños chorros esparcidos por doquier;
como un brick destapado en la nevera
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